Domingos grises                         (A mi madre, muerta)

¡ Madre ¡, es tu día,

y tienes mi recuerdo, para ti, como regalo,

que ya hace tanto tiempo que te fuiste.

Hoy, igual que a ti, me aqueja la cansera.

Por eso, igual que tantas veces ¿recuerdas?

te digo: ¡Ven!, que quiero hablar contigo.

Verás:

He vuelto a casa a dejarme apretar por las paredes,

en esta mañana luminosa del gris de los domingos;

en el querer apartarme del fuego que me prende y que me quema.

Vengo cansado de sujetar el cuerpo,

que mis pies han arrastrado,

en ese parque que es tan nuevo.

Ha rozado mis ojos lo que nace,

(burbujas que bailan ajenas al destino).

Y he topado a lo que sigue atolondrado,

Y los que buscan acercarse y se llegan y hacen nido.

Y los que siembran en el surco ya labrado

y los que miran en paz, la labor ya terminada.

Y he tenido que morderme, para no gritar mi furia,

sombra errante, sin cuerpo, que se pierde.

He sentido que el peso de la gente me doblaba

y he gustado la sed de beberme la copa de lo amargo;

de dejar de ayudar a mi cuerpo en el camino

y no retardar tu llegada dama-muerte,

que de tanto arañarme, eres mi amiga.

Y seguro que nadie ha de llorarme,

ni tendré de mortaja y recuerdo

rezo alguno.