Agarrado al recuerdo

 

Vente conmigo,! Jailú ¡, caminando hasta mi tierra.

Vente andando hasta mi pueblo, donde mis ancestros quedan.

Por caminos y veredas te iré mostrando la Mancha

y veremos el Guadiana, donde nace y luego esconde

y otra vez donde se asoma, para mover los Molinos,

que asustan a Don Quijote (aspas que gigantes cree).

Y puede que al atardecer encontremos una aldea

donde hallar una casucha, que nos albergue esa noche,

de pastores o de peón en su tajo que nos invita a cenar.

Puede que nos dé "tiznao", o "asadillo", o "ajo arriero"

y nos arrime la berenjena en vinagre

o esté moviendo las migas y dando sobo a la bota,

o las "Gachas" ya borbotan y va echando "tropezones".

Y al no estar acostumbrado nuestro estómago a esos trotes,

se hace pesada la noche para el camino que aguarda.

Y nos endilgan las sopas en un gran tazón de "arrope",

queso y un puñado de bellotas y un confiado : con Dios,

y llegamos a mi pueblo, campos de tierra resecos

y viejas huellas de surcos cuarteados,

donde el mugrón de mi estirpe, esté enterrado incompleto

que una rama de esa cepa, ya no irá de Barcelona.

Y ya es otra, esta Cruz de los Casados, que pone fin al paseo.

Y esta hoja, que solo tiene los nervios, ya no es Parque,

¿ y el Tropezón, donde está ? . ¿Ya no se comen cangrejos?

Esto no es el Torreón, es juego de arquitectura

aquel viejo juego complicado de tacos de madera.

Nos volvemos - ¡ Jailú ¡

No quiero ver mi vieja casa, que puede que no esté.

Quiero guardar dentro de mí, celosamente

lo que ha sido y es mi gran hogar.

Con su portal de sombra fresca y allí boca de sótano chiquito.

Su patio porticado, rociado de agua al atardecer,

para que en la noche, fuera cuna del primer sueño,

naneado por las monótonas arias de los grillos en sus pequeñas jaulas,

Aquellas tertulias de vecinos en la noche,

cotilleos interminables del discurrir de aquel día.

Arriates de jazmines que se enredan y geranios;

macetas rebosantes de rosas con espinas y plantas de violetas.

Claveles blancos, rojos, amarillos, morados y azotados,

algún diente de león y guindos y margaritas,

mezcla de aroma tan profuso y denso que marea.

Suelo empedrado, castigo de piernas y rodillas.

Juego al balón y al guá con las canicas.

Y allí, en medio injertado un alvarillo

luchando los vecinos por sus frutos

Y a Norte y Sur sendas moreras, altas, frondosas,

para alimento de bichitos de la seda

que a tanto por hoja y por peso los capullos, yo vendía.

En otro rincón había un manzano,

que no sé por qué duró muy poco.

Y aquél pozo de agua fresca, al que caía la pelota

y nos hacía de nevera, cuando el calor apretaba.

Y había también una losa, que era puerta de misterio

de nuestras mentes pequeñas, que imaginaban tesoros.

Y estaba también cantor, algún "petín" en su jaula

y un botijo en la ventana.

Y en el corral, tras el arriate, un eucaliptus grandote

que nos regalaba hojas, pera espantar los mosquitos

o cocer y hacar inhalaciones.

Y; cuantas gallinas, para un solo gallo, que reinaba,

Sultán de cien odaliscas, mezclas de genios y razas.

Además varios gorrinos, conejos que se traspasan las cuadras,

una de cada vecina.

Y hasta recuerdo que había, orgulloso,un pavo real,

que paseaba su cola, de abanico desplegada,

haciendo que ignoraba, las pilas para lavar.

Pero.....

¡Volvamos Jailú, volvamos !

¡Acabemos de soñar!